Mariuth Arenas sabe dónde está su sobrino. Lo supo por el vigilante de las Residencias Solmarino Garden 2, en Playa Grande, La Guaira, rescatado con vida de entre los escombros: antes del sismo conversaba en el estacionamiento con un hombre que limpiaba su auto. La descripción y el vehículo coinciden. José David Vera Arenas estaba ahí cuando el edificio se vino abajo, el 24 de junio.
Su esposa y sus dos niños estaban arriba, en el apartamento. Los encontraron muertos el fin de semana pasado. A él todavía no.
"Ya donde pensamos que pudo haber quedado está muy cerca. Yo creo que trabajando un día nosotros logramos rescatar el cuerpo, para darle cristiana sepultura junto a su esposa y sus hijos", dice Arenas a France 24.
Pero el 20 de julio, a las cuatro de la tarde, la maquinaria que removía los escombros fue retirada. En sus publicaciones en redes, Arenas mencionó una orden de ingeniería; un día después, escribió que se la llevaron "sin ninguna justificación". Nadie les ofreció una alternativa.
Desde entonces son tres frente a la ruina: ella, el padre de José David, de 73 años, y su hermano, que se fracturó un brazo removiendo escombros y se niega a ir al médico hasta recuperar el cuerpo. "Solos no podemos. Estamos solamente tres personas nada más", resume.
En Facebook, Arenas lo escribió para todas las familias que están como la suya: "No podemos dejar a nuestros familiares en el olvido. No los vamos a abandonar bajo las ruinas".
Un mes después del doble sismo de magnitud 7,2 y 7,5 que devastó el norte de Venezuela, el balance oficial registra al menos 5.278 muertos, 16.740 heridos y 17.907 personas sin vivienda, además de 856 edificios afectados y 190 colapsados. La Guaira, el estado costero considerado la zona cero de los sismos, concentra la devastación.
Este martes 21 de julio, el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) y el Ministerio del Interior convocaron a los familiares de las víctimas a una toma voluntaria de muestras de ADN, para identificar mediante comparación de perfiles genéticos los cuerpos que permanecen en las morgues y dar, según el comunicado oficial, "certeza y paz a las familias".
La convocatoria llega cuando víctimas sin identificar ya fueron enterradas en fosas abiertas en un cementerio municipal de La Guaira, según testigos citados por la agencia EFE a principios de julio.
Lo que las autoridades no han informado, en 30 días, es cuántas personas siguen desaparecidas. Las referencias oficiales no son claras: Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional (parlamento), afirmó que unas 30.000 personas se encontraban en La Guaira y que alrededor de 19.800 escaparon o fueron rescatadas, lo que dejaría a unas 10.000 sin localizar solo en ese estado. La ONU informó en junio que había recibido cifras no confirmadas de hasta 50.000 desaparecidos.
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Gloriyen Aris no tiene ni siquiera lo que tiene Mariuth Arenas. Su prima, Sacha Chagua, bajó a La Guaira con un amigo el 24 de junio, feriado por el aniversario de Carabobo, fiesta nacional, para pasar el día en la playa. Habló con su madre hasta pasadas las dos de la tarde. Después, el terremoto, y nada.
"Nadie sabía dónde estaba. Estaba en La Guaira, pero no sabíamos ni en qué edificio ni con quién", cuenta Aris a France 24.
La familia hizo lo que describe como "un trabajo de inteligencia" recorriendo una costa extensa y devastada, hasta que apareció el auto de Sacha junto a un edificio que quedó plegado "como un acordeón": los vecinos de los pisos altos lograron salir; los de abajo siguen adentro. La familia presume que ella también. El vehículo apareció desvalijado, con una ventana rota y la cartera robada; del edificio se llevaron hasta los grabadores de las cámaras de seguridad.
Aris calcula que en ese edificio quedan 12 personas atrapadas. Y cuenta algo más: a tres o cuatro edificios de distancia hay otro, completamente colapsado, donde habrían muerto más de 50 personas que nadie reclama, porque sus familiares no están en Venezuela o ya no existen. En un país que vio emigrar a millones en la última década, hay muertos que ningún registro captura porque no hay quien los busque.
"Tener a un desaparecido es complicado, porque no sabes ni siquiera si está vivo o está muerto", dice Aris. "Tienes esperanza de que sí esté vivo, pero van pasando los días y esa esperanza se va apagando un poco. Por lo menos conseguir el cuerpo para darle sepultura".
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A Sacha la reportaron en todas las plataformas de búsqueda que fueron surgiendo tras la tragedia. La mayor de ellas, Desaparecidos Terremoto Venezuela, nació la misma noche del sismo: el programador Jorge Bastidas la montó con un grupo de voluntarios al ver a la gente buscando a sus familiares por transmisiones en vivo en las redes.
"A las cinco horas de haber ocurrido el terremoto ya teníamos la plataforma activa", cuenta a France 24. "Llegamos a tener hasta 100 reportes por minuto".
En las primeras 24 horas recibieron unos 30.000 reportes; en total, más de 82.000, de los cuales casi la mitad resultaron duplicados que un equipo de voluntarios depura caso por caso. Hoy la plataforma mantiene unos 29.500 casos activos de personas sin contacto. Otro registro ciudadano, Venezuela Reporta, contabiliza más de 41.000.
En un mes, ninguna autoridad se comunicó con ellos. "No hemos tenido ningún contacto de autoridades oficiales", dijo Bastidas. Tampoco para el proceso de identificación por ADN que acaba de empezar.
Para la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), el volumen de los registros ciudadanos no implica que todas esas personas estén bajo los escombros, pero sí refleja la dimensión del desastre que enfrentan las familias, según su portavoz adjunto, Jens Laerke.
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En Caraballeda y Tanaguarenas, donde colapsaron varias torres OPP del programa de vivienda social, lanzado a principios de los años 2010, la búsqueda quedó desde los primeros días en manos de los vecinos. Se hacen llamar "Los Topos": cavan galerías de hasta 18 metros para llegar a los suyos, turnándose porque en los túneles falta el aire. Al principio sacaron sobrevivientes; después, solo cuerpos.
"Nos hemos acostumbrado a comer con el olor, a dormir con ellos debajo de nosotros, a sacarlos", cuenta a France 24 uno de ellos, que encontró el cuerpo de su tía y se quedó a ayudar, viviendo en una carpa junto a los escombros. "Es la historia de miles, no es la historia nuestra nada más".
Las familias juntaron dinero entre vecinos para alquilar maquinaria, y al ritmo de esas colectas se recuperaron decenas de cuerpos. El Gobierno, mientras tanto, prometió entregar 4.000 viviendas entre julio y diciembre, en un país que, según los cálculos oficiales, necesita 25.000 y donde miles de damnificados duermen en campamentos montados en estadios, plazas y aceras.
En Playa Grande, Mariuth Arenas espera que vuelva una máquina capaz de operar sobre la estructura inestable del Solmarino Garden 2. En Caracas, Gloriyen Aris reza y revisa los registros. Esperan cosas distintas: una sabe dónde está su familiar y no puede llegar; la otra no sabe dónde buscar. Pero a un mes del terremoto piden exactamente lo mismo, lo único que queda por pedir: poder enterrar.
Con EFE, AFP y medios locales