Más del 90% de la población de Bangladesh profesa el Islam, la religión mayoritaria del país. Aun así, desde hace dos décadas los bangladesíes conviven con un culto sin templos, sin clérigos y sin libros sagrados, capaz de reunir a millones de fieles alrededor de una pantalla: el que le profesan a Lionel Andrés Messi.
Este domingo, varios representantes de la comunidad bangla radicados en la ciudad de Buenos Aires dijeron presente en el Fan Fest de plaza Seeber, en el barrio porteño de Palermo, donde volvieron a reverenciar la figura del capitán argentino y despidieron con aplausos a una selección argentina que no pudo evitar la consagración de España.
"El amor de Bangladesh por Argentina va mucho más allá del fútbol", dice a LA NACION Ashik de 32 años, quien hizo los 17.000 kilómetros que separan Daca de Buenos Aires para atestiguar la pasión que se respira en la calle porteñas cada vez que la selección juega un partido del Mundial. "Y lo que sentimos por Messi es incondicional. Porque lo apoyamos con lealtad y de forma inquebrantable: es amor puro", agrega el empleado de Ekattor, uno de los principales canales de televisión por cable de Bangladesh.
Hasan, representante del grupo en Buenos Aires, asegura que la comunidad bangladesí en el país está compuesta por 300 personas. "La mayoría empezó a llegar hace una década, y el más reciente, hace un mes", especifica. "Yo llegué hace diez años, y desde ese momento le doy una mano a mis compatriotas que quieren venir aquí", agrega.
Rony tiene 27 años y cuenta que a los cinco fue la primera vez que empuñó una bandera celeste y blanca. "Me la regaló mi padre, quien aún está en Bangladesh y es enfermo por Maradona", asegura. Ante la consulta sobre lo que Messi representa para su vida, el hombre se abstrae por unos segundos. De vuelta en la conversación, remata: "Es algo indescriptible".
Antes del inicio del partido, cuando María Becerra entra en escena, el grupo bangla entona el himno sin errar una nota o palabra. Una vez que rueda la pelota, durante los primeros minutos se impone el nerviosismo. Aun así, los bangladesíes no pierden la sonrisa.
"Para mí, Bangladesh y Argentina son la misma cosa", apunta Abishek, de 34 años, quien se radicó en el país hace dos años. Antes de venir se dedicaba al comercio electrónico. "Acá hago lo mismo: trabajo en un comercio de celulares y computadoras en Once", explica. En ese barrio que integra la Comuna 3 de la Ciudad está asentado el mayor porcentaje de la comunidad bangladesí. "Si caminas por las calles Azcuénaga o Pasteur, vas a escuchar el griterío de muchos banglas", confiesa, entre risas.
El primer tiempo se desarrolla con un matyor predominio español. El cambio de Lisandro Martínez por Nicolás Otamendi sorprende a muchos. Consultados por LA NACION sobre sus sensaciones respecto a los primeros 45 minutos, el grupo bangla coincide en una palabra: tensión.
Sadik tiene 29 años y en el entretiempo hace una videollamada con Akter, su primo. Una vez que corta, muestra una serie de imágenes. Aunque a una escala más reducida, lo que se vive en la intersección de las avenidas del Libertador y Sarmiento se asimila a lo que acontece en plaza Doel, en el corazón del campus de la Universidad de Daca, epicentro de reunión para ver los partidos de la selección argentina en Bangladesh. "Miren, miren", dice el joven mientras señala su celular. En la pantalla se ven miles de cabezas humanas.
Pese a la fuerte conexión entre ambos países, Ashik se desmarca. "Hubo una época en la que muchos de ustedes criticaban a Messi por no ganar el Mundial. Pero los hinchas bangladesíes de la selección argentina éramos diferentes: nunca lo culpamos a él", dice. Desde la óptica del hombre que cruzó el mundo para presenciar cómo se vive una Copa del Mundo en la Argentina, cada vez que la Albiceleste tropezó, "nunca fue por culpa de Messi".
Cuando Ashik menciona que su amor por Messi le quitó el sueño en más de una ocasión, no lo hace de forma metafórica. "Pasé noches sin dormir defendiéndolo en redes sociales: explicando por qué Messi era el mejor jugador", cuenta. "Incluso con mis amigos solíamos decir: 'Si Messi nunca gana el Mundial, no será un fracaso de Messi, sino del Mundial, porque nunca lo habría ganado el mejor jugador'".
Rahim es el delegado del grupo en el Fan Fest y lleva una bandera de Bangladesh, como si se tratara de un free tour, donde el guía conduce al grupo de turistas por un museo para que ninguno se desvíe del camino. El joven de 25 años considera que lo más parecido a lo que siente cuando ve a Messi "es cuando escucho algún versículo del Corán. Algo muy difícil de poner en palabras".
Arranca el segundo tiempo y el frío juega su partido, pero el grupo bangladesí no reniega y exhibe sus camisetas de Argentina y Bangladesh como si fuera una jornada primaveral. Antes del arranque de la segunda parte de la final, refuerzan la pintura en sus mejillas y el blanco de la tempera se amalgama con sus dentaduras que brillan en cada sonrisa .
En el último Ranking FIFA publicado el 11 de junio, Argentina se posicionó primera y Bangladesh en el puesto 181. Además, incluida la edición 2026, la Albiceleste cuenta con 19 participaciones y tres vueltas olímpicas en Copas del Mundo. Por su parte, el conjunto bangla jamás se clasificó a un certamen mundial a nivel selecciones.
"Vamos, vamos selección: hoy te vinimo' alentar, para ser campeón, hoy hay que ganar", canta el grupo, apiñado en el medio de la plaza Seeber. Por los parlantes, los relatores hacen una analogía: el partido entre Argentina y España se parece a un partido de ajedrez.
La génesis del amor de Bangladesh por la Argentina tiene nombre y apellido: Diego Armando Maradona. Pese a que su exclusión del plantel que se coronó campeón en el Mundial de 1978 generó decepción en los ciudadanos bangladesíes, pasaron los años y esa frustración llegó a su fin con la imagen del astro nacido en Villa Fiorito levantando la Copa del Mundo en el estadio Azteca. El Mundial de México 1986 fue el primero que los habitantes del país asiático pudieron ver en vivo y en directo. A partir de ese momento, el amor por la albiceleste trascendió generaciones.
En el complemento del partido, la segunda pausa de hidratación aparece como un oasis para el equipo argentino, y la gente de Bangladesh lo sabe. "Terible, terible", repite Rahim, en alusión al asedio español, con una r que no tiene la fuerza para sonar doble. Al ver ingresar a Giuliano Simeone y Facundo Medina por Rodrigo de Paul y Cristian Romero, el joven dice: "Ahora sí".
El fútbol explica buena parte del romance entre Bangladesh y Argentina, pero no toda la historia. También existe una memoria compartida, tejida por viejas disputas con el Reino Unido. Mientras los argentinos cargan con la herida abierta de la Guerra de Malvinas, los bangladesíes con dos siglos de dominación colonial británica, de la que se emanciparon en 1947 con la independencia del Imperio. Por eso, para muchos ciudadanos del país asiático, cuando la pelota empieza a rodar, el océano Índico y el Atlántico Sur parecen quedar un poco más cerca.
Los bangladesíes presentes en plaza Seeber coinciden ante LA NACION en una idea filial: si Maradona fue la figura fundacional de la afición argentina en Bangladesh, Messi fue el encargado de llevar esa pasión hacia lo más alto.
Con la expulsión de Enzo Fernández el grupo bangla se muerde los labios. Los cinco minutos de adición se viven como un suplicio hasta que el árbitro da por finalizados los 90 minutos reglamentarios. El deseo de Ashik es el de todo un país: "Tenemos que llegar a los penales".
Según la organización del evento, en plaza Seeber hubo 42.000 personas, poco más de la mitad de los asistentes en el New Jersey New York Stadium que también observan con alivio que le acaban de anular un gol a Nico Williams. Esa decisión arbitral renueva la esperanza argentina, pero no dura mucho. En el segundo tiempo suplementario, un sablazo de Ferrán Torres extermina el sueño de la Albiceleste bicampeona mundial.
Final del partido. Ashik y Hasan unen sus llantos en un abrazo. El reloj dice que son las siete de la tarde y en el lugar donde hasta hace un rato era todo griterío, no hay vuelta olímpica ni fuegos artificiales y el silencio llega antes que la desconcentración. El conjunto europeo se hizo con el Mundial 2026, pero el Monumento a los Españoles quedó atravesado por otra historia.
Durante una tarde fue el refugio de miles de argentinos y bangladesíes que siguieron creyendo en Messi hasta el pitazo final. Después de todo, las copas cambian de dueño. Las leyendas, casi nunca.